domingo, 22 de junio de 2014

Miguel Ruiz



"Quiero contarte una vieja historia sobre un hombre queno creía en el amor. Se trataba de una persona normal, como tú y como yo, perolo que lo hacía especial era su manera de pensar: estaba convencido de que elamor no existía. Había acumulado mucha experiencia en su intento de encontrarel amor, por supuesto, y observado a la gente que tenía a su alrededor. Sehabía pasado buena parte de su vida intentando encontrar el amor y habíaacabado por descubrir que el amor no existía. Dondequiera que fuese solía explicarlea la gente que el amor no era otra cosa que una invención de los poetas, unainvención de las religiones que intentaban, de este modo, manipular la débilmente de los seres humanos para controlarlos y convertirlos en creyentes. Decíaque el amor no era real y que, por esa razón, ningún ser humano lo encontraríajamás aun cuando lo buscase. Este hombre tenía una gran inteligencia yresultaba muy convincente. Había leído muchos libros, estudiado en las mejoresuniversidades y se había convertido en un erudito respetado. Era capaz, encualquier parte y ante cualquier audiencia, de defender con contundencia surazonamiento. Lo que decía era que el amor es como una especie de droga; teexalta, pero a su vez crea una fuerte dependencia, por lo que es posibleconvertirse en un gran adicto a él. Y ¿qué ocurre entonces cuando no recibes tudosis diaria, dosis que necesitas al igual que un drogadicto? Solía decir quela mayoría de las relaciones entre los amantes se parecen a las que mantiene unadicto a las drogas con la persona que se las suministra. La persona que tienela necesidad mayor es la que sufre la adicción a las drogas; la que tiene la necesidadmenor es la que se las suministra. Y la que tiene menor necesidad es la quecontrola toda la relación. Si es posible ver esta dinámica de forma tan diáfanaes porque, generalmente, en todas las relaciones hay una persona que ama más yotra que ama menos y que se aprovecha de la que le ofrece su corazón. Esposible ver de qué modo se manipulan la una a la otra, sus acciones y reacciones,que son, sencillamente, iguales a las de un adicto a las drogas y su suministrador.El adicto a las drogas, el que tiene más necesidad, vive con un miedo constante,temeroso de que, quizá, no sea capaz de conseguir su próxima dosis de amor, o dedroga. El adicto a las drogas piensa: « ¿Qué voy a hacer si ella me deja?». Esemiedo lo convierte en un ser muy posesivo. « ¡Eso es mío!» Se vuelve celoso yexigente porque teme no conseguir su próxima dosis. Por su parte, elsuministrador puede controlar y manipular a la persona que necesita la drogadándole más dosis, menos o retirándoselas del todo. La persona que tiene másnecesidad acabará por rendirse completamente y hará todo lo que pueda para noverse abandonada. De este modo, el hombre continuó explicando a la gente porqué no existía el amor. «Lo que los seres humanos llaman "amor" no esotra cosa que una relación de miedo que se fundamenta en el control. ¿Dóndeestá el respeto? ¿Dónde está el amorque aseguran tenerse? No hay amor. Lasparejas jóvenes se hacen un sinfín de promesas mutuas delante del representantede Dios, de sus familias y de sus amigos: vivir juntos para siempre, amarse yrespetarse, estar junto al otro en lo bueno y en lo malo. Prometen amarse yhonrarse y mucho más. Pero, una vez casados -pasada una semana, un mes o unoscuantos meses-, ya se puede ver que no mantienen ninguna de esas promesas. “Loque hay es una guerra de control para ver quién manipulará a quién. ¿Quién seráel suministrador y quién tendrá la adicción? Unos meses más tarde descubrirás queel respeto que juraron tenerse mutuamente se ha desvanecido. Descubrirás elresentimiento, el veneno emocional, y verás cómo, poco a poco, empezarán aherirse el uno al otro, una situación que crecerá y crecerá hasta que lleguen atener miedo de quedarse solos, hasta que lleguen a temer las opiniones y losjuicios de los demás y también sus propios juicios y opiniones. Pero ¿dóndeestá el amor? “Solía afirmar que había visto a muchas parejas mayores quehabían compartido su vida durante treinta, cuarenta o cincuenta años y que sesentían muy orgullosas de haber vivido unidas todos esos años. No obstante,cuando hablaban de su relación, lo que decían era: «Hemos sobrevivido almatrimonio». Eso significa que uno de ellos se rindió ante el otro; en unmomento determinado ella renunció y decidió soportar el sufrimiento. El quetenía mayor empeño y menor necesidad de los dos ganó la guerra, pero ¿dóndeestá la llama que denomina amor? Se tratan el uno al otro como si fuesen unaposesión: «Ella es mía». «Él es mío. “El hombre continuó hablandoincansablemente de todas las razones por las cuales creía que el amor noexistía y siguió diciendo: «Yo ya he pasado por todo eso. No volveré a permitirque nadie manipule mi mente y controle mi vida en nombre del amor». Susargumentos eran bastante lógicos y convenció a mucha gente con sus palabras. Elamor no existe. Sin embargo, un día, este hombre salió a dar un paseo por unparque, donde se encontró, sentada en un banco, a una hermosa mujer que estaballorando. Cuando advirtió su llanto, sintió curiosidad, se sentó a su lado y lepreguntó si podía ayudarla. También le preguntó por qué lloraba. Puedesimaginar su sorpresa cuando ella le respondió que estaba llorando porque elamor no existía. Él dijo: «Esto es increíble: ¡una mujer que cree que el amorno existe!». Por supuesto, quiso saber más cosas de ella.- ¿Por qué dice que elamor no existe? -le preguntó.-Bueno, es una larga historia -replicó ella-. Mecasé cuando era muy joven, estaba muy enamorada, llena de ilusiones y tenía laesperanza de compartir mi vida con el que se convirtió en mi marido. Nosjuramos fidelidad, respeto y honrarnos el uno al otro, y así creamos unafamilia. Pero, pronto, todo empezó a cambiar. Yo me convertí en la típica mujerconsagrada al cuidado de los hijos y de la casa. Mi marido continuó progresandoen su profesión y su éxito e imagen fuera del hogar se volvió para él en algomás importante que su propia familia. Me perdió el respeto y yo se lo perdí a él.Nos heríamos el uno al otro, y en un momento determinado, descubrí que no le queríay que él tampoco me quería a mí. “Pero los niños necesitaban un padre y esa fuela excusa que utilicé para continuar manteniendo la relación y apoyarle entodo. Ahora los niños han crecido y se han independizado. Ya no tengo ningunaexcusa para seguir junto a él. Entre nosotros no hay respeto ni amabilidad. Séque, aunque encontrase a otra persona, sería lo mismo, porque el amor noexiste. No tiene sentido buscar algo que no existe. Esa es la razón por la queestoy llorando. Como la comprendía muy bien, la abrazó y le dijo:-Tiene razón,el amor no existe. Buscamos el amor, abrimos nuestro corazón, nos volvemosvulnerables y lo único que encontramos es egoísmo. Y, aunque creamos que no nosdolerá, nos duele. No importa cuántas relaciones iniciemos; siempre ocurre lomismo. Entonces ¿para qué seguir buscando el amor? Se parecían tanto que prontotrabaron una gran amistad, la mejor que habían tenido jamás. Era una relaciónmaravillosa. Se respetaban mutuamente y nunca se humillaban el uno al otro.Cada paso que daban juntos les llenaba de felicidad. Entre ellos no había nienvidia ni celos, no se controlaban el uno al otro y tampoco se sentíanposeedores el uno del otro. La relación continuó creciendo más y más. Les encantabaestar juntos porque, en esos momentos, se divertían mucho. Además, siempre queestaban separados se echaban de menos. Un día él, durante un viaje que lo habíallevado fuera de la ciudad, tuvo una idea verdaderamente extraña. Pensó: «Mmm,tal vez lo que siento por ella es amor. Pero esto resulta muy distinto de todolo que he sentido anteriormente. No es lo que los poetas dicen que es, no es loque la religión dice que es, porque yo no soy responsable de ella. No tomo nadade ella; no siento la necesidad de que ella cuide de mí; no necesito echarle laculpa de mis problemas ni echarle encima mis desdichas. Juntos es cuando mejorlo pasamos; disfrutamos el uno del otro. Respeto su forma de pensar, sussentimientos. Ella no hace que me sienta avergonzado; no me molesta en absoluto.No me siento celoso cuando está con otras personas; no siento envidia de sus éxitos.Tal vez el amor sí existe, pero no es lo que todo el mundo piensa que es”. Aduras penas pudo esperar a volver a casa para hablarle de su extraña idea. Tanpronto empezó a explicársela, ella le dijo: «Sé exactamente lo que me quieres decir.Hace tiempo que vengo pensando lo mismo, pero no quise compartirlo contigoporque sé que no crees en el amor. Quizás el amor sí que existe, pero no es lo quecreíamos que era». Decidieron convertirse en amantes y vivir juntos, e increíblemente,las cosas no cambiaron entre ellos. Continuaron respetándose el uno al otro,apoyándose, y el amor siguió creciendo cada vez más. Eran tan felices queincluso las cosas más sencillas les provocaban un canto de amor en su corazón.El amor que sentía él llenaba de tal modo su corazón que, una noche, le ocurrióun gran milagro. Estaba mirando las estrellas y descubrió, entre ellas, la másbella de todas; su amor era tan grande que la estrella empezó a descender delcielo, y al cabo de poco tiempo, la tuvo en sus manos. Después sucedió otromilagro, y entonces, su alma se fundió con aquella estrella. Se sintió taninmensamente feliz que apenas fue capaz de esperar para correr hacia la mujer ydepositarle la estrella en sus manos, como una prueba del amor que sentía porella. Pero en el mismo momento en el que le puso la estrella en sus manos, ellasintió una duda: pensó que ese amor resultaba arrollador, y en ese instante, laestrella se le cayó de las manos y se rompió en un millón de pequeños fragmentos.Ahora, un hombre viejo anda por el mundo jurando que no existe el amor, y unahermosa mujer mayor espera a un hombre en su hogar, derramando lágrimas por unparaíso que una vez tuvo en sus manos pero que, por un momento de duda, perdió.Esta es la historia del hombre que no creía en el amor. ¿Quién de los doscometió el error? ¿Sabes qué es lo que no funcionó? El que cometió el error fueél al pensar que podía darle su felicidad a la mujer. La estrella era sufelicidad y su error fue poner su felicidad en las manos de ella. La felicidad nuncaproviene del exterior. Él era feliz por el amor que emanaba de su interior;ella era feliz por el amor que emanaba de sí misma. Pero, tan pronto como él lahizo responsable de su felicidad, ella rompió la estrella porque no podíaresponsabilizarse de la felicidad de él. No importa cuánto amase la mujer alhombre, nunca hubiera podido hacerle feliz porque nunca hubiese podido saberqué es lo que él quería. Nunca hubiera podido conocer cuáles eran susexpectativas porque no podía conocer sus sueños. Si tomas tu felicidad y lapones en manos de alguien, más tarde o más temprano, la romperá. Si le das tufelicidad a otra persona, siempre podrá llevársela con ella. Y como lafelicidad sólo puede provenir de tu interior y es resultado de tu amor, sólo túeres responsable de tu propia felicidad. Jamás podemos responsabilizar a otrapersona de nuestra propia felicidad, aunque cuando acudimos a la iglesia paracasarnos, lo primero que hacemos es intercambiar los anillos. Colocamos la estrellaen manos de la otra persona con la esperanza de que nos haga felices y de quenosotros la haremos feliz a ella. No importa cuánto ames a alguien, nunca seráslo que esa persona quiere que seas. Ese es el error que la mayoría de nosotroscometemos nada más empezar. Asentamos nuestra felicidad en nuestra pareja y noes así como funciona. Hacemos todas esas promesas que somos incapaces decumplir, y entonces, nos preparamos para fallar".















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